El Lazarillo de Tormes.

lazarillo_2DibujoBreve argumento de la obra.
Lázaro nació en el río Tormes (río que pasa por la ciudad de Salamanca), de ahí su sobrenombre. Cuando tenía ocho años, su padre fue acusado de robar trigo en el molino donde trabajaba y condenado a partir en una expedición contra los moros en la que falleció.
Lázaro y su madre se fueron a vivir a Salamanca, donde malvivían de lo poco que su madre ganaba cocinando y lavando la ropa de estudiantes y mozos de caballos. Su madre comenzó a tener relaciones con un mozo negro y al poco nació un hermano mulato. Poco después el mozo negro negro fue condenado por ladrón y quedaron otra vez solos.
Cuando Lázaro se hizo adolescente un ciego le pidió a su madre que le sirviera de guía. Su madre aceptó pensando que Lázaro viviría mejor con el ciego que con ella.
Y aquí comenzaría la primera aventura de las muchas que le ocurrirán a Lázaro con diversos amos por los que va pasando.
  • Vamos a leer el famoso episodio del Lazarillo y el jarro de vino.
29082006_200Lázaro nos cuenta cómo se las ingeniaba para beber el vino al ciego y también la venganza del ciego al descubrir el engaño. 

Solía poner junto a él un jarro de vino cuando comíamos y yo rápidamente lo cogía y le daba “un par de besos callados” (un par de tragos) y lo dejaba en su sitio. Pero aquello duró poco porque se dio cuenta de que faltaba vino y ya nunca soltaba el jarro. Se me ocurrió entonces utilizar una paja larga de centeno que metía en la boca del jarro, de manera que podía chupara el vino procurando no hacer ruido para que no se enterara. Aquello duró algún tiempo pero el ciego se dio cuenta de que le faltaba vino y desde entonces colocaba su jarro entre las piernas y lo tapaba con la mano y así bebía seguro. Viendo que aquel remedio de la paja ya no me valía, decidí hacer un agujero en el suelo del jarro y taparlo con cera y a la hora de la comida, fingiendo tener frío, me colocaba entre las piernas del ciego a calentarme en la lumbre que teníamos y al calor de ella se derretía la cera y comenzaba a caerme el vino en la boca, la cual yo de tal manera ponía que no se perdía ni una sola gota. De este modo, cuando el ciego iba a beber apenas había vino en el jarro. – No diréis que lo bebo yo -le decía-, pues no soltáis el jarro de la mano. El ciego no contestó, pero comenzó a palpar el jarro hasta que encontró el agujero, aunque disimuló como si no se hubiese enterado. Al día siguiente, estando yo disfrutando del vino que caía por el agujero del jarro, con mi cara puesta hacia el cielo, consideró el ciego que era el momento de vengarse y, alzando el jarro con sus dos manos, lo dejó caer sobre mi boca. Yo que estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpe que perdí el sentido y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes y me rompió los dientes, sin los cuales hasta hoy en día me quedé. El ciego me lavó con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho y sonriéndose decía: – ¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.

 

Post Tagged with ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *